“No puedo respirar”.

“No puedo respirar”
Claudio Albertani
No le decimos al mundo: «Termina con tus luchas, pues
son estúpidas; te daremos la verdadera consigna de lucha».
Nos limitamos a mostrarle al mundo por qué está luchando en verdad,
y la conciencia es algo que tiene que adquirir, aunque no quiera
Karl Marx, 1843
Escribía Guy Debord en el número 10 de la revista Internationale
Situationniste, acerca de la revuelta de Watts, en 1965: ¿quién ha salido en
defensa de los insurgentes de Los Ángeles, en los términos que ellos merecen?
Vamos a hacerlo nosotros. Dejemos que los economistas lloren sus veintisiete
millones de dólares perdidos, los urbanistas uno de sus más bellos
supermercados disuelto en humo y el cardenal Mclntyre a su sheriff abatido;
dejemos que los sociólogos se quejen del absurdo y la ebriedad de la revuelta.
Los excesos de Los Ángeles, continuaba Debord, no eran un error
político de los negros, lo mismo que la resistencia armada del POUM y de los
anarquistas en Barcelona, en mayo de 1937, no fue una traición a la guerra
antifranquista. La revuelta de Watts fue un grito contra la sociedad del
espectáculo y el mundo de la mercancía, una protesta contra la vida inhumana.
Las autoridades de California lo entendieron perfectamente al proclamar “el
estado de insurrección”. Más allá de los saqueos, los negros ponían sobre el
tapete el problema de la vida en la época oscura del totalitarismo tecnológico.
En la sociedad actual, ese mismo totalitarismo se ha vuelto más
insidioso y más absoluto, tanto en el norte como en el sur del planeta. Y sin
embargo, mientras gran parte de la humanidad dormita, aterrorizada por el
espantajo del coronavirus, van surgiendo noticias alentadoras, en el lugar más
inesperado. A escasos diez días del cruel asesinato de George Floyd, en
Minneapolis, en el norte del país, las calles de 140 ciudades de Estados
Unidos, están tomadas por multitudes enardecidas que incluyen gentes de
todos los colores: negros, en primer lugar, pero también blancos, asiáticos,
latinos, emigrantes ilegales, jóvenes y no jóvenes, militantes experimentados y
gentes de a pie.
No son más que anarquistas, perdedores y resentidos, espeta el
inquilino de la Casa Blanca desde el bunker gubernamental en el cual se
encuentra prudentemente alojado. ¿Y qué quieren dichos “anarquistas”?
Justicia, sin duda. Pero el rugido que recorre el país, “no puedo respirar”, pone
sobre el tapete los problemas de la vida en nuestra desventurada sociedad.
Exactamente como en 1965.
¿Qué sigue? ¿Un futuro menos sombrío? Difícil decirlo; esto apenas
empieza. Por lo pronto queda descartada la falsa profecía de aquellos
escribidores que asignan al coronavirus el mérito dudoso de inaugurar una
nueva era de domesticación social. Y, last but not least, esta magnifica
rebelión manda al basurero de la historia los filósofos políticamente correctos
que confunden los gobiernos con los pueblos alegando que el norte es
intrínsecamente racista, imperialista y opresor, mientras que el sur es de por sí
“decolonial”, epistemológicamente alternativo, intercultural, etc.
Desde la ciudad monstruo, ¡honor a los nuevos y viejos rebeldes de
Estados Unidos!
Ciudad de México, 3 de junio de 2020

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