MONÓLOGO DEL VIRUS

« He venido a parar la máquina cuyo
freno de emergencia no encontrabais »
paru dans lundimatin#, le 27 mars 2020
Dejad de proferir, queridos humanos, vuestros ridículos
llamamientos a la guerra. Dejad de dirigirme esas miradas
de venganza. Apagad el halo de terror con que envolvéis mi
nombre. Nosotros, los virus, desde el origen bacteriano del
mundo, somos el verdadero continuum de la vida en la
tierra. Sin nosotros, jamás habríais visto la luz del día, ni
siquiera la habría visto la primera célula.
Somos vuestros antepasados, al igual que las piedras y las algas, y
mucho más que los monos. Estamos dondequiera que estéis y también
donde no estáis. ¡Si del universo sólo veis aquello que se os parece, peor
para vosotros! Pero sobre todo, dejad de decir que soy yo el que os está
matando. No estáis muriendo por lo que le hago a vuestros tejidos, sino
porque habéis dejado de cuidar a vuestros semejantes. Si no hubierais
sido tan rapaces entre vosotros como lo habéis sido con todo lo que vive
en este planeta, todavía habría suficientes camas, enfermeras y
respiradores para sobrevivir a los estragos que causo en vuestros
pulmones. Si no almacenaseis a vuestros ancianos en morideros y a
vuestros prójimos sanos en ratoneras de hormigón armado, no os veríais
en éstas. Si no hubierais transformado la amplitud, hasta ayer mismo aún
exuberante, caótica, infinitamente poblada, del mundo —o mejor dicho,
de los mundos— en un vasto desierto para el monocultivo de lo Mismo y
del Más, yo no habría podido lanzarme a la conquista planetaria de
vuestras gargantas. Si durante el último siglo no os hubierais convertido
prácticamente todos en copias redundantes de una misma e insostenible
forma de vida, no os estaríais preparando para morir como moscas
abandonadas en el agua de vuestra civilización edulcorada. Si no
hubierais convertido vuestros entornos en espacios tan vacíos, tan
transparentes, tan abstractos, tened por seguro que no me desplazaría a
la velocidad de un avión. Sólo estoy ejecutando la sentencia que
dictasteis hace mucho contra vosotros mismos. Perdonadme, pero sois
vosotros, que yo sepa, quienes habéis inventado el término
« Antropoceno ». Os habéis adjudicado todo el honor del desastre; ahora
que está teniendo lugar, es demasiado tarde para renunciar a él. Los más
honestos de entre vosotros lo sabéis bien: no tengo más cómplice que
vuestra propia organización social, vuestra locura de la « gran escala » y
de su economía, vuestro fanatismo del sistema. Sólo los sistemas son
« vulnerables ». Lo demás vive y muere. Sólo hay vulnerabilidad para lo
que aspira al control, a su extensión y perfeccionamiento. Miradme
atentamente: sólo soy la otra cara de la Muerte reinante.
Así que dejad de culparme, de acusarme, de acosarme. De paralizaros
ante mí. Todo eso es infantil. Os propongo que cambiéis vuestra mirada:
hay una inteligencia inmanente en la vida. No hace falta ser sujeto para
tener un recuerdo o una estrategia. No hace falta ser soberano para
decidir. Las bacterias y los virus también pueden hacer que llueva y
brille el sol. Así que miradme como vuestro salvador más que como
vuestro enterrador. Sois libres de no creerme, pero he venido a parar la
máquina cuyo freno de emergencia no encontrabais. He venido a
detener la actividad de la que erais rehenes. He venido a poner de
manifiesto la aberración de la « normalidad ». « Delegar en otros nuestra
alimentación, nuestra protección, nuestra capacidad de cuidar de las
condiciones de vida ha sido una locura»… « No hay límite
presupuestario, la salud no tiene precio »: ¡mirad cómo hago que se les
trabe la lengua y la mente a vuestros gobernantes! ¡Mirad cómo los
reduzco a su verdadera condición de mercachifles miserables y
arrogantes! ¡Mirad cómo de repente se revelan no sólo como superfluos,
sino como nocivos! Para ellos no sois más que el soporte de la
reproducción de su sistema, es decir, menos aun que esclavos. Hasta al
plancton lo tratan mejor que a vosotros.
Pero no malgastéis energía en cubrirlos de reproches, en echarles en cara
sus limitaciones. Acusarlos de negligencia es darles más de lo que se
merecen. Preguntaos más bien cómo ha podido pareceros tan cómodo
dejaros gobernar. Alabar los méritos de la opción china frente a la
opción británica, de la solución imperial-legista frente al método
darwinista-liberal, es no entender nada ni de la una ni de la otra, ni del
horror de la una ni del horror de la otra. Desde Quesnay, los « liberales »
siempre han mirado con envidia al Imperio chino; y siguen haciéndolo.
Son hermanos siameses. Que uno te confine por tu propio bien y el otro
por el bien de « la sociedad » equivale igualmente a aplastar la única
conducta no nihilista en este momento: cuidar de uno mismo, de
aquellos a los que quieres y de aquello que amamos en aquellos que no
conocemos. No dejéis que quienes os han conducido al abismo
pretendan sacaros de él: lo único que harán será prepararos un infierno
más perfeccionado, una tumba aún más profunda. El día que puedan,
patrullarán el más allá con sus ejércitos.
Más bien, agradecédmelo. Sin mí, ¿cuánto tiempo más se habrían hecho
pasar por necesarias todas estas cosas aparentemente incuestionables
cuya suspensión se decreta de inmediato? La globalización, los
concursos, el tráfico aéreo, los límites presupuestarios, las elecciones, el
espectáculo de las competiciones deportivas, Disneyland, las salas
de fitness, la mayoría de los comercios, el parlamento, el acuartelamiento
escolar, las aglomeraciones de masas, la mayor parte de los trabajos de
oficina, toda esa ebria sociabilidad que no es sino el reverso de la
angustiada soledad de las mónadas metropolitanas. Ya lo veis: nada de
eso es necesario cuando el estado de necesidad se manifiesta.
Agradecedme la prueba de la verdad que vais a pasar en las próximas
semanas: por fin vais a vivir en vuestra propia vida, sin los miles de
subterfugios que, mal que bien, sostienen lo insostenible. Todavía no os
habíais dado cuenta de que nunca habíais llegado a instalaros en vuestra
propia existencia. Vivíais entre las cajas de cartón y no lo sabíais. Ahora
vais a vivir con vuestros seres queridos. Vais a vivir en casa. Vais a dejar
de estar en tránsito hacia la muerte. Puede que odiéis a vuestro marido.
Puede que aborrezcáis a vuestros hijos. Quizás os entren ganas de
dinamitar el decorado de vuestra vida diaria. Lo cierto es que, en esas
metrópolis de la separación, ya no estábais en el mundo. Vuestro mundo
había dejado de ser habitable en ninguno de sus puntos excepto huyendo
constantemente. Tan grande era la presencia de la fealdad que había que
aturdirse de movimiento y de distracciones. Y lo fantasmal reinaba entre
los seres. Todo se había vuelto tan eficaz que ya nada tenía sentido.
¡Agradecedme todo esto, y bienvenidos a la tierra!
Gracias a mí, por tiempo indefinido, ya no trabajaréis, vuestros hijos no
irán al colegio, y sin embargo será todo lo contrario a las vacaciones. Las
vacaciones son ese espacio que hay que rellenar a toda costa mientras se
espera la ansiada vuelta al trabajo. Pero esto que se abre ante vosotros,
gracias a mí, no es un espacio delimitado, es una inmensa apertura. He
venido a descolocaros. Nadie os asegura que el no-mundo de antes
volverá. Puede que todo este absurdo rentable termine. Si no os pagan,
¿qué sería más natural que dejar de pagar el alquiler? ¿Por qué iba a
seguir cumpliendo con sus cuotas del banco quien de todos modos ya no
puede trabajar? ¿Acaso no es suicida vivir donde ni siquiera se puede
cultivar un huerto? No por no tener dinero se va a dejar de comer, y
quien tiene el hierro tiene el pan, como decía Auguste Blanqui. Dadme
las gracias: os coloco al pie de la bifurcación que estructuraba
tácitamente vuestras existencias: la economía o la vida. De vosotros
depende. Lo que está en juego es histórico. O los gobernantes os
imponen su estado de excepción o vosotros inventáis el vuestro. U os
vinculáis a las verdades que están viendo la luz o ponéis vuestra cabeza
en el tajo del verdugo. O aprovecháis el tiempo que os doy ahora para
imaginaros el mundo de después a partir de las lecciones del colapso al
que estamos asistiendo o éste se radicalizará por completo. El desastre
cesa cuando la economía se detiene. La economía es el desastre. Esto era
una tesis antes del mes pasado. Ahora es un hecho. A nadie se le escapa
cuánta policía, cuánta vigilancia, cuánta propaganda, cuánta logística y
cuánto teletrabajo hará falta para reprimirlo.
Ante mí, no cedáis ni al pánico ni al impulso de negación. No cedáis a
las histerias biopolíticas. Las próximas semanas serán terribles,
abrumadoras, crueles. Las puertas de la Muerte estarán abiertas de par en
par. Soy la más devastadora producción de devastación de la producción.
Vengo a devolver a la nada a los nihilistas. La injusticia de este mundo
nunca será más escandalosa. Es a una civilización, y no a vosotros, a
quien vengo a enterrar. Quienes quieran vivir tendrán que crearse hábitos
nuevos, que sean apropiados para ellos. Evitarme será la oportunidad
para esta reinvención, para este nuevo arte de las distancias. El arte de
saludarse, en el que algunos eran lo suficiente miopes como para ver la
forma misma de la institución, pronto ya no obedecerá a ninguna
etiqueta. Caracterizará a los seres. No lo hagáis « por los demás », por
« la población » o por la « sociedad », hacedlo por los vuestros. Cuidad
de vuestros amigos y de vuestros amores. Volved a pensar con ellos,
soberanamente, una forma justa de vida. Cread conglomerados de vida
buena, ampliadlos, y nada podré contra vosotros. Esto es un llamamiento
no a la vuelta masiva a la disciplina, sino a la atención. No al fin de la
despreocupación, sino al de la negligencia. ¿Qué otra manera me
quedaba de recordaros que la salvación está en cada gesto? Que todo
está en lo ínfimo.
He tenido que rendirme a la evidencia: la humanidad sólo se plantea las
preguntas que no puede seguir sin plantearse.
[Traducido por el Grupo Coquelicot y revisado por un amigo]`

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